
Pantalla Negra
Ramiro Galarraga
La pantalla se apaga y quedo tildado sobre un fondo negro, apenas acompañado por la mugre estructural de la notebook. De rebote y un reflejo, el gesto absorto, perdido después de los estímulos de otra pantalla, la del celular. Una pose autómata, un extraño espejado: la notebook queda en suspenso después del tiempo sin interacción, a la espera de un impulso de concentración. Más atrás, en un plano de horizonte crucial, aparece enmarcada la ciudad desde la ventana. Antes las dimensiones del departamento podrían haber sido las de mi vida analógica, situado entre paredes que hacían de refugio para un sol que entraba encajonado durante unas horas. Pero el mundo que percibimos cambió y nuestra forma de prestar atención también.
Hay una experiencia desposeída en lo que veo, lo que busco, lo que cliqueo, lo que siento, lo que dudo, lo que imagino. Una atención que es mía pero no tanto, dispersa, fragmentada aunque compulsiva, casi tan frenética como la distracción. Tan diminuta como los segundos que diferencian un reel de otro, al borde de lo que un estado de consciencia puede elegir. Del otro lado, un paisaje transformado. Si el mundo siempre fue algo irrepresentable en su totalidad, un mapa con terrenos misteriosos y lleno de islas al amparo del descubrimiento, quizás ahora es igual de inabarcable por la configuración de sus ensamblajes a gran escala. Hiperobjetos (Morton) tan masivos en el tiempo y el espacio que no se pueden percibir ni comprender del todo. El cambio climático, el mercado financiero, el material nuclear, las capas de plástico: elementos que se alejan en tanto no se pueden percibir completos; y sin embargo se pegan al cuerpo porque son viscosos, flotan al acecho de nuestra experiencia a partir de su distribución compleja. Los objetos del mundo se planetarizan, adquieren dimensiones de una canica azul interconectada a través de aleteos nimios que vinculan un acontecimiento con otro; pero también se fragmentan en segmentos que recorren los ensamblajes que integran.
Muevo el mouse y la pantalla se activa porque no se apagó del todo. Aún en la naturaleza tecnológica, siempre inmerso en el problema. Aparece otro fondo, un software que calcula lo que yo imagino es un paraíso terrenal. Un mar caribe tal vez, una playa tailandesa; pero podría ser la nieve de Noruega o el Salto del Ángel ajeno al dólar. La unidad planetaria y los segmentos esparcidos exponen entonces máquinas de percepción. Sensores, ojos, oídos, satélites, dispositivos que recogen la temperatura de la tierra y del mar, modelos de datos que habitan una nueva caligrafía contemporánea. Hay una meteorología, una conjetura de la radiación, una experiencia del tráfico de las finanzas que podría ser una lluvia técnica, códigos verdes de la matrix que definen parámetros de detección y de conducta.
La atención es una función dentro de un sistema cognitivo más amplio. Converso con automatismos y contextos, también estoy a la deriva de corrientes que no sé dónde terminan. Una distribución cognitiva que Hayles caracteriza entre agentes biológicos humanos, no humanos, y dispositivos tecnológicos. Una plataforma y una planta que crece al silencio de la fotosíntesis. Estamos ante el desafío de ver el icberg de la conciencia y nadar sobre el no consciente subacuático. Pongo la contraseña de bloqueo de pantalla y está el pdf abandonado, tan absorto como yo; si fuera papel podría lucir amarillo, casi un testimonio de la antigüedad. Almacenamientos y procesamientos que nunca logro entender del todo, aunque hay una cognición que diferencia entre un tsunami y una planta, o entre una piedra y el chat gpt, porque quizás no se trata tanto de la posibilidad de agencia, sino de la materia que puede interpretar y decidir. No es lo mismo la ciudad arrasada por el agua, que una hormiga ante la detección del veneno.
Mi computadora está a la espera del click del mouse. De un subrayado, una compra online, una vuelta más a Instagram. Mis gustos, miedos, ansiedades y todo aquello que compone la subjetividad frágil de algunas ideas a punto de escapar. Los impulsos que moldean mis futuros comportamientos (Zuboff), ajeno a las promesas del primer internet que soñaba con la multiplicación de la democracia y la comunicación.
Afuera todos deben lidiar con lo mismo: el tiempo simultáneo, la alta receptividad de estímulos, la velocidad del cambio de foco. Podrían estar también dentro de la notebook desafiando los alter egos y las fantasías de ser otro. Nuevos lectores alternarán fragmentos, búsquedas con ctrl F, escaneos a la disposición del movimiento ocular. Vendrán las escuelas siempre ya conflictuadas con el celular y sus usos. Las apuestas online, los niños paloma sortearán la suerte a un gol en el último minuto, como si fuera la próxima comida de un pájaro que busca respuesta ante la imprevisibilidad y la intermitencia. Al fin y tan solo una recompensa de compulsión cuando ya la ganancia es improbable.
Vendrán también las conmociones del arte, las experiencias inmersivas e interactivas. Las atenciones trastornadas que según Bishop ya no responden al cubo blanco del museo modernista. Ya no más espectador atomizado y autocontenido, con lupa en mano para el escrutinio contundente de las pinturas que yacen frente a sus ojos. Ya no más caja negra y teatro a oscuras, solo los pedidos de bajar el volumen en el celular o las exigencias del modo avión.
Hace mucho que las ciudades son ruidosas, abigarradas, llenas de estímulos tan efímeros como la luz de freno o el sonido de un choque. Siempre está el ruido de las teclas y el microsegundo de borrar y llevar el cursor hacia atrás. Pero es probable que ahora existan más tiempos y menos tiempo, más espacios y menos espacio, más pestañas, más realidades superpuestas al alcance de los bits que millones de neuronas pueden codificar.
Diseño otro fondo, pongo un programa en Youtube para tapar el silencio. Las señales y los estímulos brotan desde otros rincones. El calor, la falta de viento, un mensaje de whastapp. De alguna manera la cognición es una vuelta al signo, el viaje al corazón de un materialismo distinto por el hecho de admitir otras biologías y tecnologías.
Una captura, el momento preciso en que un concepto se evapora, asociaciones libres que ya existieron, las preguntas a una inteligencia artificial. Detenerse en el signo y los ensamblajes de la naturaleza virtual es prestar atención al modo en que el mundo se transforma, pero también a los modos bajo los cuales lo podemos atender. Si alguna vez el gesto de la hermenéutica y de algunas teorías del lenguaje fue entender que la recepción no era solo una comprensión pasiva sino un movimiento de producción dentro de una red infinita de sentido, cabe indagar si no hay en esa misma intención una búsqueda posible para nuestras atenciones abocadas a los materialismos actuales.
Averiguar si se puede atender el mundo como planeta y como ensamblaje de fragmentos. Dirimir y escoger las máquinas de percepción de nuestra época. Acaso probar si es posible desatender la materia de nuestros gustos expuestos en plataformas.